viernes, 14 de diciembre de 2007


Carta abierta al ministro de cultura a propósito de las campañas educativas contra las descargas de Internet

La carta no la pongo entera porque es bastante larga, para quien la quiera entera esta en fílmica

Sr. Ministro:
Como nuevo encargado del Ministerio de Cultura, me gustaría hacerle algunas consideraciones a propósito de las campañas educativas y de concienciación que realizan ustedes todas las navidades sobre las maldades de las descargas de Internet.
El motivo de mi carta es pedirle que, por favor, este año no me conciencien más. La verdad es que me preocupa, como a todos, las grandes pérdidas del sector discográfico y audiovisual. El día que el director de Fedicine dijo que “se están despidiendo ejecutivos” por culpa de los piratas y que esto es “un drama muy grave”, apenas pude conciliar el sueño. No hay nada que me de más miedo que un montón de ejecutivos caminando sueltos por las calles sin nada con lo que entretenerse.
No obstante, y pese a que comparto sus razones para concienciar a la población sobre este grave problema (de verdad que no sé qué hace Amnistía Internacional que no interviene) me parece que tienen que replantearse sus medios de concienciación. Como usted bien sabe la última encuesta del CIS revela que los españoles piensan, además que sus campañas no valen para nada, que el intercambio de obras a través de Internet es algo positivo. La conclusión que ha de extraerse de esto no es que han de aumentar la presión concienciadora sino que, más bien, han de respetar que existe un punto de vista divergente que, tal vez, ha de ser debatido. La posición unilateral de sus campañas comienza a dar miedo y los términos con los que ustedes las describen inquietan bastante.
De todas sus campañas la que más inquietud me ha producido es la llevada a cabo por CEDRO con el apoyo de su ministerio y el de Educación y Ciencia. Mi temor proviene de que se trata de un programa de adoctrinamiento directamente dirigido a profesores y alumnos. Para empezar, el nombre de la iniciativa ya mosquea. Ésta se llama “es de libro”, subrayando así que las enseñanzas que dan a los estudiantes son de puro sentido común, algo que sólo un bobo podría discutir. Sin embargo, sus opiniones no son, ni de lejos, una cuestión de lógica elemental sino que, como casi todas, resultan muy discutibles. El punto que más me ha llamado la atención (además de la sección “piensa en copyright”) es el juego dirigido a los más jóvenes que tienen ustedes en su web (www.esdelibro.es). Antes de ponerle el juego a mi hijo he decidido probarlo yo antes (ya sabe, por miedo a que tenga escenas violentas que puedan alterar su juicio y hacerle ir mañana al instituto con una recortada a cepillarse a unos cuantos compañeros). No he encontrado escenas violentas de ninguna clase, pero las ideas que inculca son muy preocupantes.

El juego es tan difícil que no he conseguido durar más de dos minutos sin perder la partida. En el primer tramo, unos agentes de aduanas defensores del copyright y que resultan ser robots (enhorabuena en este aspecto por lo que me parece un ejercicio de autocrítica) me hacen unas preguntas para ver si puedo o no pasar a la siguiente fase. Pues bien, fallé a la primera. La pregunta era: “Para ti, ¿qué es mejor: ser original o copiar las ideas de los demás?” (mis felicitaciones por dejar en la pregunta tanto lugar a los matices). Las tres respuestas posibles eran:
a.- Ser original.
b.-Copiar, que además es más cómodo.
c.- Una mezcla, tomo ideas de los demás y hago mi versión.
Yo respondí con toda sinceridad, así que elegí la opción C. No sólo porque eso sea lo que yo hago sino porque creo que en eso se basa en general toda la creación intelectual. La propiedad intelectual no protege ideas, precisamente, porque el legislador es consciente de que toda creación es una construcción social. Lo que protege la propiedad intelectual es la plasmación de una idea y no la idea en sí misma, que carece de dueño. Prefiero la opción C. Las ideas de los demás, a su vez basadas también en ideas ajenas, han de incorporarse al propio discurso para enriquecerlo y darle forma. La originalidad pura, en caso de existir, no tiene por qué ser mejor que la creación que no parte de cero sino de los pensamientos e ideas leídas o escuchadas a nuestros semejantes. La creación, necesariamente, parte de la aportación de todos y cada uno de nosotros. Por ejemplo, sus propios anuncios antipiratería no son una creación enteramente original sino que parten y se alimentan de las ideas de la industria discográfica y cinematográfica y a cuyos intereses sirve.
En definitiva, creo que el juego que proponen es demasiado complicado. Porque incluso si se refiere más que a ideas a la copia de la expresión de las mismas tampoco habrían conseguido pasar de fase ilustres personajes del mundo de la cultura. Al crítico literario Northrop Frye le habrían despedazado estos robots a la primera de cambio. Recordemos que fue él quien dijo que “únicamente puede hacerse poesía a partir de otras poesías y novelas a partir de otras novelas”. No sólo él, también habrían sido indignos de pasar su estricta aduana Shakespeare o Thomas Mann. En música también encontramos parecidos más que razonables, cuando no copias idénticas, en compositores tan poco creativos y enemigos de la cultura como Brahms o Beethoven. Los pintores también hacen de las suyas, Manet, por ejemplo, copiaba elementos de obras de Tiziano y Rafael. Y, a su vez, todos estos ejemplos yo mismo los he localizado en el libro “La estructura económica del Derecho de propiedad intelectual e industrial”. Como ve, nada nuevo bajo el sol.
Estas son mis humildes aportaciones y sugerencias para su campaña de estas navidades. Por favor, no nos torturen más diciéndonos qué debemos pensar. No es ese su cometido. Deje que sea la industria la que gaste su dinero en ese empeño como ha venido haciendo hasta ahora. Puestos a hacer campañas de concienciación, hagan una al servicio de los ciudadanos y no contra ellos. Entre las muchas opciones educativas posibles, pueden, por ejemplo, invertir algo de dinero estas navidades en concienciar a la industria de que demandar y amedrentar a sus propios clientes no es la mejor estrategia comercial posible. Pueden concienciarles de que su obsoleto modelo de negocio no es nuestro problema.

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